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lunes, 10 de noviembre de 2025

¿Podemos medir sin ensuciar?

 



Ruido, conocimiento y el dilema cuántico del observador moderno

El susurro de lo que medimos

Todo comienza con una paradoja sencilla: cuanto más delicadamente observamos el mundo, más lo alteramos.
En los laboratorios de física cuántica, donde los átomos se comportan como ideas más que como objetos, el acto de medir deja de ser pasivo.
Ya no es mirar una montaña desde lejos: es tocar la superficie del lago y ver cómo la onda de tu dedo cambia todo el reflejo.

El nuevo estudio de Hao Ma y colaboradores no trata del universo entero, sino de un fenómeno casi humilde: el ruido térmico.
Ese temblor microscópico que vibra en cada átomo, en cada sensor, en cada resorte del cosmos.
Pero en su humildad se esconde una lección sobre nosotros: el ruido es el eco de nuestra ignorancia.
Y cuando intentamos suprimirlo, lo amplificamos.

Los investigadores del grupo de McGill University demuestran que incluso un instrumento perfecto —uno que obedece las leyes de la mecánica cuántica al pie de la letra— introduce correlaciones artificiales entre fluctuaciones térmicas cuando mide.
En otras palabras: el acto de conocer deja huella física.

El modelo detrás del temblor

Para entenderlo, imaginemos un oscilador mecánico microscópico, un resonador que vibra con frecuencia f₀ y masa efectiva m.
Su energía promedio a temperatura T está dada, según la física clásica, por:

E = (1/2) k_B T

donde k_B es la constante de Boltzmann.
Pero en el dominio cuántico, el cuento cambia: el ruido no desaparece al enfriar el sistema, porque la incertidumbre de Heisenberg impone un límite mínimo:

Δx × Δp ≥ ħ / 2

La posición (x) y el momento (p) no pueden medirse simultáneamente sin producir “retroacción” —lo que el artículo llama measurement back-action.

En su experimento teórico y numérico, los autores modelan cómo un detector óptico (un interferómetro, por ejemplo) introduce una fuerza de retroacción F_ba(t) sobre el sistema, acoplada al mismo ruido que intenta registrar.
El resultado es un ruido compuesto:

S_total(ω) = S_th(ω) + S_ba(ω) + 2√(S_th(ω) × S_ba(ω)) × cos(φ)

donde S_th es el espectro térmico original, S_ba el ruido inducido por la medición, y φ la fase relativa entre ambos.
El término final, 2√(S_th S_ba) cos φ, es el corazón del hallazgo: el observador puede crear correlaciones inexistentes en la naturaleza, una “música falsa” que surge solo al intentar escuchar.

 La filosofía de una ecuación

Si lo leemos con la mirada de Bohr, el resultado es casi moral: el conocimiento total no es posible, no por ignorancia, sino por principio físico.
Y si lo pensamos con Foucault, el paralelismo con la política del saber es inevitable: cada régimen de observación crea su propia red de poder, sus correlaciones, sus “verdades medibles”.
El laboratorio no está fuera del mundo; es un microcosmos de la modernidad.
Creemos que medir es neutral, pero cada medida contiene una violencia mínima: la de imponer condiciones de legibilidad al caos.

Este trabajo de McGill no habla de epistemología, pero la insinúa.
Demuestra que incluso en el vacío, incluso en el silencio térmico, la observación no es inocente.
Cuando un fotón toca un espejo, deja un registro; cuando una ecuación toca un fenómeno, deja ideología.
Y la suma de ambos —el registro físico y el registro conceptual— es lo que llamamos ciencia.

El ruido como espejo

El ruido térmico siempre se consideró un enemigo: algo que debía eliminarse para alcanzar precisión, pureza, objetividad.
Pero este estudio lo convierte en protagonista.
Las correlaciones de ruido inducidas por la medición se extienden en banda ancha (broadband), afectando frecuencias fuera del rango del detector.
Es decir: el efecto de nuestra mirada se propaga más allá de donde miramos.

Esa frase podría figurar en cualquier tratado de ética: las consecuencias del acto de conocer rebasan el campo del conocimiento.
Heisenberg lo intuyó en su famoso principio, pero lo que hoy observamos es una confirmación tangible de su profundidad: el límite del saber no está en el objeto, sino en el método.
Y eso es tan cierto en la física como en la política, en la biología, o en el amor: nadie sale igual después de observar demasiado de cerca.

De los laboratorios a la cultura

¿De qué sirve hablar de ruido térmico en un mundo donde el ruido social es ensordecedor?
Sirve porque es metáfora y advertencia.
Vivimos rodeados de sistemas de medición —algoritmos, cámaras, encuestas— que también alteran lo que dicen medir.
Cuando una red social cuantifica la felicidad con emojis, crea una correlación falsa entre expresión y emoción.
Cuando una política pública mide productividad con clics, introduce un S_ba social: una retroacción de vigilancia.

El problema no es la medición, sino la ilusión de que medir es conocer sin ensuciar.
Y esa ilusión, tanto en el átomo como en el Estado, genera su propio ruido.

La ecuación del límite

En física cuántica, existe un umbral llamado Standard Quantum Limit (SQL):
el punto donde el ruido del aparato iguala el ruido del objeto.
Matemáticamente, se escribe:

S_x × S_F = ħ²

donde S_x es la densidad espectral de ruido de posición y S_F la de fuerza.
No se puede bajar de ahí sin que el sistema colapse en su propia observación.
Es el eco de una verdad universal: no hay conocimiento sin perturbación, ni precisión sin costo.

El equipo de McGill no rompe el SQL, pero lo ilumina desde otro ángulo: muestra que, al acercarnos al límite, el observador ya no está “afuera”.
Está entrelazado, atrapado en las mismas ecuaciones que creía controlar.

 Reflexión

La física cuántica, en su forma más pura, no describe la realidad: describe nuestra interacción con ella.
Bohr lo sabía y Einstein lo temía.
El artículo de Ma et al. nos devuelve a esa frontera donde la objetividad se difumina.
Cada experimento de precisión extrema es, también, un espejo moral.

Foucault escribió que “el conocimiento no es hecho para comprender, sino para cortar”.
Y aquí está el bisturí: medir es cortar una porción de la realidad, aislarla, iluminarla, pero al hacerlo la descontextualiza.
La correlación de ruidos que aparece en el modelo cuántico es la huella de ese corte, la cicatriz de la observación.
El ruido se convierte, paradójicamente, en memoria del acto de conocer.

Desde una perspectiva existencial, el resultado sugiere que toda forma de comprensión lleva inscrita su propia distorsión.
El filósofo Hans Jonas lo llamaría “responsabilidad ontológica”: saber que toda manipulación del mundo modifica el ser del mundo.
En la era de los algoritmos y la inteligencia artificial, esta lección es urgente: la precisión sin reflexión es una nueva forma de ceguera.

La física de McGill no trata de moral, pero la inspira.
Nos recuerda que incluso el acto de medir la temperatura de un átomo puede ser un ejercicio de humildad.
Que el conocimiento, si no reconoce su propio ruido, se vuelve propaganda.
Y que la ciencia, cuando acepta su límite, se transforma en sabiduría.

Conclusión: el ruido como verdad

Este preprint es un recordatorio de que la frontera entre conocimiento y perturbación no es un error, sino una condición del cosmos.
El ruido no es enemigo: es el precio del saber.
Cada correlación falsa que generamos al medir revela la condición humana del observador: curiosa, torpe, inevitablemente implicada.

Tal vez el universo no teme ser conocido, pero se protege: nos devuelve ruido cada vez que intentamos poseerlo.
Y ese ruido, lejos de ser fracaso, es la garantía de que el misterio sigue intacto.


Referencias esenciales:
Ma, H. et al. (2025). Broadband Thermal Noise Correlations Induced by Measurement Back-Action. arXiv:2510.19043v1
Heisenberg, W. (1927). Über den anschaulichen Inhalt der quantentheoretischen Kinematik und Mechanik.
Bohr, N. (1935). Can Quantum-Mechanical Description of Physical Reality Be Considered Complete?
Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar.
Jonas, H. (1979). El principio de responsabilidad.

Para aprender más : https://linktr.ee/PepeAlexJasa 

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¿Cómo el consumo en EE. UU. y la etiqueta de “terrorismo” están empujando la guerra hacia mi casa?




Sobre el narcotráfico y su gran problemática,un ensayo humano —con rigor científico y filosófico— sobre por qué el problema está en la demanda del norte y por qué llamarlo “terrorismo” baja el umbral para acciones letales en el sur.

Son las 2:47 de la madrugada y el cielo sobre mi ciudad parece un tambor tenso. No es un insecto, no es el viento: es ese zumbido frío de un dron que corta la noche como una regla sobre papel. Mis hijos se despiertan. El mayor pregunta si es un videojuego. Ojalá pudiera decirle que sí, que basta con apagar la consola. Pero no es un juego; es la política convertida en ruido. Y ese ruido no nació aquí: nació del otro lado de la frontera, donde se legisla el presupuesto, se moldean las doctrinas y, sobre todo, se consume. Porque, aunque moleste repetirlo, es la única frase que devuelve el mapa a escala real: si no hubiera consumidores, no habría mercado.

En 2025, la administración estadounidense amplió el uso de la fuerza contra “organizaciones narcotraficantes” fuera de su territorio. No lo digo yo: hay despachos oficiales y cobertura periodística con fechas y nombres. Reuters reportó golpes letales de militares de EE. UU. a embarcaciones “sospechosas” primero en el Caribe y, después, en el Pacífico oriental; con muertos, con video difundido por el propio secretario de Defensa, y con un saldo que ya se cuenta por decenas. Otros medios han recogido los balances y las dudas jurídicas, incluidas voces dentro del propio Partido Republicano que cuestionan la legalidad de operaciones sin autorización del Congreso. El ruido que escucho no es metáfora; es un hecho con parte de guerra, coordenadas y consecuencias humanas. (Reuters)

Ese mismo mes, en paralelo a los ataques, se habló del despliegue de activos navales mayores en la región como parte de una escalada. No se trata de folklore estratégico: Reuters describió el movimiento y, con él, la puesta en escena de una presencia militar que, por definición, baja el umbral entre vigilancia e intervención. El detalle importa porque cuando suben los portaaviones, bajan las garantías de que el conflicto quede en la gramática de la policía y la cooperación judicial. (Reuters)

¿Cómo bajó de la esfera diplomática al zumbido sobre mi techo? Hubo un cambio jurídico-político: el 20 de enero de 2025, la Casa Blanca publicó una acción presidencial que habilita el etiquetado de cárteles como “organizaciones terroristas extranjeras” y/o “especialmente designadas como terroristas globales” (FTO/SDGT). No es un tecnicismo: esa etiqueta abre la puerta a medidas extraterritoriales y a un uso expansivo de instrumentos de seguridad nacional que no están diseñados para políticas de salud. En paralelo, el Departamento del Tesoro intensificó sanciones que ya describen explícitamente a facciones del narcotráfico como “organizaciones terroristas”. El lenguaje crea realidad operativa: si llamas “terrorista” a tu enemigo, tu caja de herramientas deja de tener clínicas y tribunales, y se llena de reglas de enfrentamiento. (Casa Blanca)

Pero la física —mi otra casa— me enseñó un hábito: seguir la energía. En la economía política de las drogas, esa energía es demanda y dinero. Y los datos que vienen de los propios CDC muestran por dónde respira el sistema. En 2024, las muertes por sobredosis en EE. UU. cayeron de forma notable frente a 2023, según los registros provisionales: una disminución histórica, asociada por los expertos a expansión de naloxona, tratamiento y ajustes en el suministro. Aun así, hablamos de decenas de miles de muertes en un solo año: el mercado sigue gigantesco y volátil; hidrata rutas, actores y violencias río abajo. El ruido militar no atiende esa bomba endógena; solo desplaza y encarece el síntoma. (CDC)

La tentación de responder con hierro a un problema de salud no es nueva; tampoco el prejuicio de que los disparos “contienen” lo que en realidad se difunde por incentivos. Por eso la comparación con Portugal es instructiva: desde 2001, la despenalización acompañada de políticas de reducción de daños y tratamiento redujo mortalidad y criminalidad asociada sin desbordar el consumo. No se trata de copiar Lisboa sobre Detroit, sino de aprender la dirección del vector: cuando el centro de gravedad es sanitario, el sistema se enfría; cuando lo es el misil, se recalienta. Es una ley de sistemas complejos con retroalimentaciones: aprietas oferta → sube precio → fragmentas actores → sube violencia; tratas demanda → baja margen criminal → cae el incentivo de la balacera. (Casa Blanca)

Aquí entra la filosofía —la que se piensa con el corazón en la mano—. Kant dejó una advertencia que no envejece: no uses a las personas como medio, sino siempre como fin. Trasladado a nuestra coyuntura: no uses a otro país como medio para resolver tu crisis interna de salud pública. Hans Jonas hablaría de la “heurística del temor” y de una ética de la responsabilidad que prioriza a los vulnerables —los usuarios de ambos lados y los civiles bajo el cielo del zumbido— antes que la estética de una “guerra limpia” en 4K. Y Arendt nos recordaría que el fetiche del control técnico puede expulsar de la política lo que no debería abandonarse: la deliberación democrática sobre fines, no solo medios.

La etiqueta de “terrorismo” en cárteles no solo “significa”: activa. Con ella, los strikes en mar abierto que ya han dejado decenas de muertos —cinco en dos días en el Pacífico oriental; seis en el Caribe; catorce más en cuatro embarcaciones, según la última comunicación— aparecen como “defensa ampliada” y no como lo que también son: una apuesta de alto riesgo que empuja el conflicto hacia nuestras costas. Lo atestiguan las crónicas, los videos oficiales y la cifra acumulada —“al menos 57” muertos— que Reuters consolidó al cierre de octubre. El mensaje que baja con esos números es sencillo: el umbral de letalidad se movió. Y cuando el umbral baja, la probabilidad de daño colateral sube, incluso si nadie lo desea. (Reuters)

“Pero hay que hacer algo”, me dirán. Sí: hacer lo que funciona. La ciencia —esa que no se arrodilla ante la épica— ya dio pistas: ampliar tratamiento y reducción de daños correlaciona con menos muertes; ajustar prescripción y mercados de sustitutos mueve elasticidades; perseguir armas y flujos financieros debilita a los grupos sin convertir barrios enteros en teatros de operaciones. Lo dice la evidencia sanitaria, lo sugiere la economía, lo pide el sentido común de cualquier padre que quiere que sus hijos diferencien un dron de una estrella. Bombardear la oferta no cura la demanda. Nadie ha desintoxicado a un adicto con un misil. (CDC)

Quiero, además, decirlo sin metáforas: me preocupa mi país. Me preocupa que el lenguaje de “terrorismo” convierta plazas, puertos y cielos en zonas grises donde se normalice la muerte “legítima” sin debido proceso ni control parlamentario. Me preocupa que el costo humano lo paguemos nosotros —civiles mexicanos, policías municipales con sueldos de hambre, marinos que también son padres— mientras el problema originario permanece donde siempre: en la demanda estadounidense que no se atiende con la misma determinación con que se despliega un portaaviones. Y me preocupa, sobre todo, que el miedo se vuelva pedagógico: niños que aprenden antes a distinguir un MQ-9 que una constelación.

¿Entonces? Entonces propongo una batalla distinta: atacar la raíz al norte, blindar las garantías al sur. Al norte: ampliar la cobertura de tratamientos basados en evidencia, asegurar naloxona y pruebas, regular sustancias con un modelo que reduzca adulteraciones letales, y financiar rehabilitación con la misma pasión con que se financian horas de vuelo. (Los CDC acaban de mostrar que se puede bajar la mortalidad cuando se invierte en salud). Al sur: defensa diplomática del principio de no intervención, cooperación transparente y evaluable, inteligencia financiera (seguir armas y dinero), y política criminal con estado de derecho en lugar de atajos que nos desfondan la república. (CDC)

No pido ingenuidades. Pido honestidad de diagnóstico. Si el mercado se alimenta en Ohio, Texas o Virginia, la solución estructural está ahí. Y si lo que de verdad es intolerable son las muertes por sobredosis en Estados Unidos —de las que yo también me duelo, porque toda vida humana importa—, entonces que la gran energía de ese país se oriente a salud, no a convertir mi cielo en tablero. Sagan decía que “la ciencia es una luz en la oscuridad”. Que esa luz, por una vez, se proyecte sobre las clínicas y no sobre los blancos. Que los presupuestos más espectaculares se midan en vidas salvadas, no en toneladas hundidas. Y que, cuando mis hijos se despierten a las 2:47, no sea por un zumbido, sino porque piden agua y me obligan a filosofar sobre por qué las estrellas titilan.

Hasta entonces, seguiré repitiendo la frase que explica todo lo demás:
si no hubiera consumidores, no habría mercado.
Y si no hubiera mercado, aquí no habría guerra.


Referencias recientes y verificables

CDC: Declive provisional 2024 y reportes 2025 sobre muertes por sobredosis (tablero NVSS y comunicados oficiales). (CDC)
Casa Blanca: Acción presidencial del 20 de enero de 2025 sobre designación de cárteles como FTO/SDGT; otras acciones relacionadas. (Casa Blanca)
Departamento del Tesoro (OFAC): Comunicados y listados de sanciones 2025 relacionadas con fentanilo y facciones del Cártel de Sinaloa bajo marcos SDGT/EO. (U.S. Department of the Treasury)
Reuters: Cadena de notas sobre strikes letales contra embarcaciones sospechosas, cifras acumuladas (~57 muertos), operaciones en Caribe y Pacífico oriental, y despliegue de activos navales. (Reuters)
Contexto comparado (Portugal): Informes de política de drogas y evaluación de resultados a 20+ años en salud pública y justicia. (Casa Blanca)

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