Sobre el narcotráfico y su gran problemática,un ensayo humano —con rigor científico y filosófico— sobre por qué el problema está en la demanda del norte y por qué llamarlo “terrorismo” baja el umbral para acciones letales en el sur.
Son las 2:47 de la madrugada y el cielo sobre mi ciudad parece un tambor tenso. No es un insecto, no es el viento: es ese zumbido frío de un dron que corta la noche como una regla sobre papel. Mis hijos se despiertan. El mayor pregunta si es un videojuego. Ojalá pudiera decirle que sí, que basta con apagar la consola. Pero no es un juego; es la política convertida en ruido. Y ese ruido no nació aquí: nació del otro lado de la frontera, donde se legisla el presupuesto, se moldean las doctrinas y, sobre todo, se consume. Porque, aunque moleste repetirlo, es la única frase que devuelve el mapa a escala real: si no hubiera consumidores, no habría mercado.
En 2025, la administración estadounidense amplió el uso de la fuerza contra “organizaciones narcotraficantes” fuera de su territorio. No lo digo yo: hay despachos oficiales y cobertura periodística con fechas y nombres. Reuters reportó golpes letales de militares de EE. UU. a embarcaciones “sospechosas” primero en el Caribe y, después, en el Pacífico oriental; con muertos, con video difundido por el propio secretario de Defensa, y con un saldo que ya se cuenta por decenas. Otros medios han recogido los balances y las dudas jurídicas, incluidas voces dentro del propio Partido Republicano que cuestionan la legalidad de operaciones sin autorización del Congreso. El ruido que escucho no es metáfora; es un hecho con parte de guerra, coordenadas y consecuencias humanas. (Reuters)
Ese mismo mes, en paralelo a los ataques, se habló del despliegue de activos navales mayores en la región como parte de una escalada. No se trata de folklore estratégico: Reuters describió el movimiento y, con él, la puesta en escena de una presencia militar que, por definición, baja el umbral entre vigilancia e intervención. El detalle importa porque cuando suben los portaaviones, bajan las garantías de que el conflicto quede en la gramática de la policía y la cooperación judicial. (Reuters)
¿Cómo bajó de la esfera diplomática al zumbido sobre mi techo? Hubo un cambio jurídico-político: el 20 de enero de 2025, la Casa Blanca publicó una acción presidencial que habilita el etiquetado de cárteles como “organizaciones terroristas extranjeras” y/o “especialmente designadas como terroristas globales” (FTO/SDGT). No es un tecnicismo: esa etiqueta abre la puerta a medidas extraterritoriales y a un uso expansivo de instrumentos de seguridad nacional que no están diseñados para políticas de salud. En paralelo, el Departamento del Tesoro intensificó sanciones que ya describen explícitamente a facciones del narcotráfico como “organizaciones terroristas”. El lenguaje crea realidad operativa: si llamas “terrorista” a tu enemigo, tu caja de herramientas deja de tener clínicas y tribunales, y se llena de reglas de enfrentamiento. (Casa Blanca)
Pero la física —mi otra casa— me enseñó un hábito: seguir la energía. En la economía política de las drogas, esa energía es demanda y dinero. Y los datos que vienen de los propios CDC muestran por dónde respira el sistema. En 2024, las muertes por sobredosis en EE. UU. cayeron de forma notable frente a 2023, según los registros provisionales: una disminución histórica, asociada por los expertos a expansión de naloxona, tratamiento y ajustes en el suministro. Aun así, hablamos de decenas de miles de muertes en un solo año: el mercado sigue gigantesco y volátil; hidrata rutas, actores y violencias río abajo. El ruido militar no atiende esa bomba endógena; solo desplaza y encarece el síntoma. (CDC)
La tentación de responder con hierro a un problema de salud no es nueva; tampoco el prejuicio de que los disparos “contienen” lo que en realidad se difunde por incentivos. Por eso la comparación con Portugal es instructiva: desde 2001, la despenalización acompañada de políticas de reducción de daños y tratamiento redujo mortalidad y criminalidad asociada sin desbordar el consumo. No se trata de copiar Lisboa sobre Detroit, sino de aprender la dirección del vector: cuando el centro de gravedad es sanitario, el sistema se enfría; cuando lo es el misil, se recalienta. Es una ley de sistemas complejos con retroalimentaciones: aprietas oferta → sube precio → fragmentas actores → sube violencia; tratas demanda → baja margen criminal → cae el incentivo de la balacera. (Casa Blanca)
Aquí entra la filosofía —la que se piensa con el corazón en la mano—. Kant dejó una advertencia que no envejece: no uses a las personas como medio, sino siempre como fin. Trasladado a nuestra coyuntura: no uses a otro país como medio para resolver tu crisis interna de salud pública. Hans Jonas hablaría de la “heurística del temor” y de una ética de la responsabilidad que prioriza a los vulnerables —los usuarios de ambos lados y los civiles bajo el cielo del zumbido— antes que la estética de una “guerra limpia” en 4K. Y Arendt nos recordaría que el fetiche del control técnico puede expulsar de la política lo que no debería abandonarse: la deliberación democrática sobre fines, no solo medios.
La etiqueta de “terrorismo” en cárteles no solo “significa”: activa. Con ella, los strikes en mar abierto que ya han dejado decenas de muertos —cinco en dos días en el Pacífico oriental; seis en el Caribe; catorce más en cuatro embarcaciones, según la última comunicación— aparecen como “defensa ampliada” y no como lo que también son: una apuesta de alto riesgo que empuja el conflicto hacia nuestras costas. Lo atestiguan las crónicas, los videos oficiales y la cifra acumulada —“al menos 57” muertos— que Reuters consolidó al cierre de octubre. El mensaje que baja con esos números es sencillo: el umbral de letalidad se movió. Y cuando el umbral baja, la probabilidad de daño colateral sube, incluso si nadie lo desea. (Reuters)
“Pero hay que hacer algo”, me dirán. Sí: hacer lo que funciona. La ciencia —esa que no se arrodilla ante la épica— ya dio pistas: ampliar tratamiento y reducción de daños correlaciona con menos muertes; ajustar prescripción y mercados de sustitutos mueve elasticidades; perseguir armas y flujos financieros debilita a los grupos sin convertir barrios enteros en teatros de operaciones. Lo dice la evidencia sanitaria, lo sugiere la economía, lo pide el sentido común de cualquier padre que quiere que sus hijos diferencien un dron de una estrella. Bombardear la oferta no cura la demanda. Nadie ha desintoxicado a un adicto con un misil. (CDC)
Quiero, además, decirlo sin metáforas: me preocupa mi país. Me preocupa que el lenguaje de “terrorismo” convierta plazas, puertos y cielos en zonas grises donde se normalice la muerte “legítima” sin debido proceso ni control parlamentario. Me preocupa que el costo humano lo paguemos nosotros —civiles mexicanos, policías municipales con sueldos de hambre, marinos que también son padres— mientras el problema originario permanece donde siempre: en la demanda estadounidense que no se atiende con la misma determinación con que se despliega un portaaviones. Y me preocupa, sobre todo, que el miedo se vuelva pedagógico: niños que aprenden antes a distinguir un MQ-9 que una constelación.
¿Entonces? Entonces propongo una batalla distinta: atacar la raíz al norte, blindar las garantías al sur. Al norte: ampliar la cobertura de tratamientos basados en evidencia, asegurar naloxona y pruebas, regular sustancias con un modelo que reduzca adulteraciones letales, y financiar rehabilitación con la misma pasión con que se financian horas de vuelo. (Los CDC acaban de mostrar que sí se puede bajar la mortalidad cuando se invierte en salud). Al sur: defensa diplomática del principio de no intervención, cooperación transparente y evaluable, inteligencia financiera (seguir armas y dinero), y política criminal con estado de derecho en lugar de atajos que nos desfondan la república. (CDC)
No pido ingenuidades. Pido honestidad de diagnóstico. Si el mercado se alimenta en Ohio, Texas o Virginia, la solución estructural está ahí. Y si lo que de verdad es intolerable son las muertes por sobredosis en Estados Unidos —de las que yo también me duelo, porque toda vida humana importa—, entonces que la gran energía de ese país se oriente a salud, no a convertir mi cielo en tablero. Sagan decía que “la ciencia es una luz en la oscuridad”. Que esa luz, por una vez, se proyecte sobre las clínicas y no sobre los blancos. Que los presupuestos más espectaculares se midan en vidas salvadas, no en toneladas hundidas. Y que, cuando mis hijos se despierten a las 2:47, no sea por un zumbido, sino porque piden agua y me obligan a filosofar sobre por qué las estrellas titilan.
Hasta entonces, seguiré repitiendo la frase que explica todo lo demás:
si no hubiera consumidores, no habría mercado.
Y si no hubiera mercado, aquí no habría guerra.
Referencias recientes y verificables
– CDC: Declive provisional 2024 y reportes 2025 sobre muertes por sobredosis (tablero NVSS y comunicados oficiales). (CDC)
– Casa Blanca: Acción presidencial del 20 de enero de 2025 sobre designación de cárteles como FTO/SDGT; otras acciones relacionadas. (Casa Blanca)
– Departamento del Tesoro (OFAC): Comunicados y listados de sanciones 2025 relacionadas con fentanilo y facciones del Cártel de Sinaloa bajo marcos SDGT/EO. (U.S. Department of the Treasury)
– Reuters: Cadena de notas sobre strikes letales contra embarcaciones sospechosas, cifras acumuladas (~57 muertos), operaciones en Caribe y Pacífico oriental, y despliegue de activos navales. (Reuters)
– Contexto comparado (Portugal): Informes de política de drogas y evaluación de resultados a 20+ años en salud pública y justicia. (Casa Blanca)
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