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lunes, 15 de diciembre de 2025

Cuando la luz regresa…Navidad.

 



Hay épocas del año que no necesitan justificarse. Llegan como una música que reconocemos desde niños, incluso si no sabemos de dónde viene.
La Navidad, por ejemplo, no solo es un ritual religioso ni un residuo pagano; es algo más profundo: una coreografía de humanidad, un recordatorio de que incluso en la noche más larga, las personas buscan acercarse unas a otras para no sentir frío.

Siempre me ha parecido precioso que el ser humano —sin importar su credo, tiempo o geografía— mire el invierno y decida encender luces. Antes eran hogueras, luego velas, hoy LED en forma de reno. Pero el instinto es el mismo: perforar la oscuridad con un poco de calor compartido.

Estas palabras  no buscan convencerte de nada, ni defender dogmas, ni atacar creencias. Es más bien la voz de un caminante que observa cómo las fiestas decembrinas se han convertido en un punto donde convergen la historia, la ciencia, la mitología, y sobre todo, el corazón humano.

Cuando el sol parecía morir

Antes que Belén, antes que el pesebre, antes que los villancicos y las piñatas, hubo otra historia: la de los pueblos que veían al sol desvanecerse en diciembre.
Las noches crecían. Las sombras se alargaban. Los días tenían cada vez menos fuerza. Y aunque hoy sabemos —por geometría y astronomía— que la inclinación del eje terrestre provoca el solsticio de invierno, para nuestros ancestros aquello era un drama existencial: ¿y si el sol no regresaba?

Por eso, las culturas antiguas celebraban el renacer del sol alrededor del 21–25 de diciembre.

  • Los romanos festejaban a Sol Invictus, el “Sol Invicto” que resurge.

  • Los celtas realizaban ritos del Yule, decorando árboles perennes como símbolo de vida eterna.

  • En Persia, el nacimiento de Mitra, dios de la luz, se celebraba también el 25 de diciembre.

  • En Egipto, el culto a Horus y a la diosa Isis tenía rituales similares, vinculados al retorno de la luz.

No es casualidad que el cristianismo, siglos después, situara el nacimiento de Jesús en esta misma época. No fue por precisión histórica —los evangelios no dan una fecha exacta—, sino por significado simbólico:
“El nacimiento de la luz en medio de las tinieblas.”
Un mensaje poderoso en cualquier tradición.

Jesús y el solsticio: dos narrativas que se abrazan

Imagínate por un momento un mundo sin electricidad. Las noches de diciembre eran largas, profundas, casi metafísicas. En ese escenario, la idea de un niño nacido para traer esperanza tenía un eco que hoy quizá ignoramos, saturados por pantallas y notificaciones.

Ese es uno de los milagros silenciosos de la Navidad:
tomó una fiesta solar, la llenó de humanidad y le dio un rostro.
No el rostro del sol, sino el de un niño envuelto en paja, vulnerable, cercano.

Como divulgador creyente y no creyente a la vez —en el sentido más libre de las dos identidades— me maravilla cómo las culturas no se contradicen, sino que se superponen.
El cristianismo no destruyó las celebraciones de luz: las integró y les dio un nuevo relato.

Y eso es profundamente humano:
contar la misma historia una y otra vez, pero con diferentes metáforas.

 La ciencia del invierno y los rituales humanos

La ciencia también tiene algo que decir aquí.
El invierno afecta al cuerpo y a la mente: disminuye la exposición solar, baja la vitamina D, se altera la producción de melatonina y se intensifican las sensaciones de nostalgia y reflexión.

Por eso, desde el punto de vista biológico, reunirse, abrazar, compartir comida y conversar son actos terapéuticos.
Detienen la soledad.
Mejoran la salud mental.
Activan oxitocina, serotonina y memoria afectiva.

La Navidad es un mecanismo ancestral de regulación emocional antes de que existieran las neurociencias.
Es casi poético:
la especie humana inventó la terapia grupal miles de años antes de inventar el microscopio.

Además, la física del solsticio nos recuerda algo importante:
el 21 de diciembre, cuando la noche es más larga, el planeta ya está girando de regreso hacia la luz.
Mientras sentimos que la oscuridad “gana”, la Tierra ya ha iniciado el camino contrario.
Una metáfora perfecta para la vida.

Contra el ruido del consumismo: la gente sigue siendo el centro

No se puede negar: vivimos en tiempos donde diciembre se ha convertido en una época de ofertas, estrés y “obligaciones sociales”.
Pero debajo de ese ruido, sigue existiendo algo más íntimo:
la necesidad de ver a las personas que queremos,
de recordarnos mutuamente que seguimos aquí,
de honrar una presencia, un abrazo, una cena compartida, un WhatsApp sincero a medianoche.

Lo que define la Navidad —en su raíz más antigua o más moderna— no es el regalo, sino el reconocimiento.
Es detenernos un instante para decir:
“Te veo. Estás en mi vida. Agradezco que sigas aquí.”

Y eso no tiene religión.
Ni calendario.
Ni doctrina.

Eso es humanidad en su forma más pura.

 Curiosidades científicas para iluminar la tradición

Como divulgador, no puedo resistirme a compartir algunos datos curiosos que le dan sabor científico a la temporada:

  • Si la Tierra no tuviera un eje inclinado, no habría Navidad.
    Sin estaciones, nunca habría habido solsticios ni celebraciones de renacimiento.

  • La estrella de Belén pudo ser una conjunción astronómica.
    Investigadores sugieren que en el año 7 a.C. Júpiter y Saturno se alinearon espectacularmente en la constelación de Piscis.

  • Los árboles decorados vienen de rituales noreuropeos que celebraban la “vida que resiste al frío”.

  • El olor a pino reduce el estrés, según estudios de neuroaromaterapia en Japón.

  • Las luces navideñas consumen más energía en EE. UU. que países enteros, un recordatorio irónico de nuestra tecnosfera.

  • La nieve no es blanca: es transparente.
    Su blanco proviene de la dispersión múltiple de la luz entre cristales de hielo.

Cada dato es un recordatorio de que la ciencia no destruye la magia:
la hace más amplia.

 Reflexión final: La luz que ponemos en el mundo

Hay quienes celebran el nacimiento de un dios,
otros el retorno del sol,
otros simplemente la oportunidad de reunirse.

Pero al final, todos hacemos lo mismo:
encendemos luz en medio del invierno.

La Navidad no es un hecho histórico demostrable ni una ley de física:
es una declaración emocional de resistencia humana.
Es el momento del año en que recordamos que la vida no se sostiene sola:
se sostiene con mirada, con abrazo, con presencia.

En un mundo cansado, rápido y disperso, diciembre es el recordatorio anual de que la ternura sigue siendo revolucionaria,
y que el calor humano —a diferencia de las estrellas— no proviene de la fusión nuclear,
sino de algo más extraño y maravilloso:
la decisión de cuidar.

Gracias por estar aquí.
Gracias por seguir iluminando el mundo.


📚 Referencias

Frazer, J. The Golden Bough (1890).
Hutton, R. The Stations of the Sun (1996).
Eliade, M. El mito del eterno retorno (1954).
Roll, S. “Seasonal Affective Changes and Light Exposure” (Journal of Affective Neuroscience, 2014).
NASA – “Earth’s Tilt and Seasons” (2022).
Krupp, E. C. Echoes of the Ancient Skies (2000).
SETI Institute – “Astronomical Interpretations of the Star of Bethlehem”.

Para leer más ciencia crítica y filosofía checa mis demás contenidos: https://linktr.ee/PepeAlexJasa 

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